Corría el mes de agosto, eran sus últimos coletazos veraniegos del año 2013. Tras dos descensos consecutivos, el Racing iba a ser cabeza de ratón en la categoría de bronce. La 2aB era un libro por abrir para mí, sabedor de los escasos medios audiovisuales que hay, decidí ir al debut en Luanco (Asturias), frente al Club Marino. Aquel encuentro se empató, pero sentí la pasión por un equipo grande en un campo municipal, de esos que tienen encanto abstracto.

 

Bajo ese tapete verde del norte hispano conocí a una plantilla novedosa, con carisma y con un objetivo, bueno, dos: Ascender y recuperar el honor. Sólo repetían de la edición anterior (T. 2012-2013) Mario, Barrio, Andreu, Julián Luque y Koné, Francis estaba lesionado. Los demás, todos nuevos. Había oído hablar sobre alguno, pero con el paso de los minutos, de los partidos, de los meses, me terminé aprendiendo los movimientos de todos y cada uno.
Mario era el pundonor, el icono y la decisión inigualable a la hora de salvar a su equipo en décimas de segundo. Por el carril del dos aparecía una fuerza de la naturaleza riojana, Barrio, con potencia, colocación e ímpetu. La pareja de centrales era veterana, Agustín y Oriol. El extremeño había ascendido de la categoría de bronce a la de plata con tres equipos diferentes. Y de Oriol, qué decir de él que no sepáis. Vino siendo un adolescente a Santander, maduró hasta el punto más alto, jugó en Primera y la UEFA de verdiblanco, tenerlo en 2aB, todo un lujo. Cerramos la zaga con un canterano, un pura sangre, la gacela de Vioño, así fue como le bauticé. Velocidad, zancada y buen centro, sí, hablo de Saúl García.

Cambiamos de línea, vamos a la medular. Andreu, con mucho caché fuera de nuestras fronteras y formado en La Masía, calidad en espacios reducidos, pases horizontales y pocos riesgos asumidos. Borja Granero, el cañón valenciano, el primer goleador del Racing en aquella histórica temporada. Gran planta, potencia y técnica, además de un largo recorrido y su llegada al área rival, ya mencionada.
Las alas estaban ocupadas por Durán e Iñaki, un gallego y un riojano. El ex del CD Lugo era el clásico extremo que se marchaba de su par por clase y giros de cintura, era prácticamente ambidiestro, un templador nato. Iñaki, puro ritmo, velocidad e insistencia. Un lateral ofensivo y un extremo defensivo, de esos que siempre tiene que estar. Imprimía una gran potencia a sus centros, girando el tobillo y levantando el esférico, una ganga para los puntas.
Llegamos a la punta de lanza, la doble “M”, Miguélez y Mariano, adelanto a modo de anécdota. En el verano del 2009 estuve en Ribadesella y Benidorm, ambos municipios fueron las primeras piezas en su carrera. Vamos al grano. El veterano asturiano fue, es y será magia pura, trucos sin pistas, hallazgos en muchedumbres, la sintonía del toque y la técnica. Suya fue la idea de picar una pelota por encima de la defensa, su pase fue perfecto, el receptor podía haber rematado, pero optó por otra opción.

Aquella pelota que deambuló por el encapotado cielo astur, pasó, a modo de canal, por la punta de la bota de la Torre de Benidorm, Mariano Sanz. El ariete del mediterráneo confiaba en la llegada de Borja Granero, que empaló un excepcional disparo, ubicándolo en la red, agitando los múltiples recuadros entrelazados. Cerramos el once describiendo al punta. Una vez, un amigo me dijo que la 2aB más dura era la de los vascos, no sabía nada de ningún jugador, y al ver a un espigado melenudo, Mariano, pensé que sería uno de esos centrales de las vascongadas. Nada
que ver. Él era un delantero en extinción, de los de luchar, por arriba y abajo, de los que cree en la dureza del fútbol como método arcaico pero efectivo.

Giraba mi cabeza hacia la derecha, hacia el banquillo racinguista. Allí estaba Paco Fernández, el míster, gran persona y buen estratega. Además de su cuerpo técnico, estaban los suplentes. El internacionalísimo Dani Sotres. Pedro Orfila, uno de los centrales con mayor velocidad de la categoría, apto en el lateral y sobresaliente en la parte central. Javi
Soria, el empaque en la medular, un goleador disfrazado y un cabeceador potente, por si fuera poco, tenía un buen desplazamiento de pelota en largo. Quedan dos, de los que más conocía al principio y de los que continúo siguiendo, aunque estén en otros equipos. Mamadou Koné, de niño a leyenda, así habría que calificarlo. Sus dieciocho dianas aquella temporada, tuvieron mucha culpa del ascenso verdiblanco. En aquel partido, jugó de extremo, se veía que era otra cosa, velocidad y aceleración hasta la línea de fondo. Y el último, Julián Luque, que disputó su último encuentro con el Racing hasta el día de hoy.

Tres minutos fueron suficientes para ver su validez en aquel equipo, pero los problemas con la directiva, le hicieron abandonar el club de sus amores. Algunos ven un endeble jugador en Luque, otros no, otros ven el desparpajo y el desborde de un canterano verdiblanco.

Así cerramos aquel primer encuentro. Asistimos a Butarque contra el CD Leganés, a El Plantío frente al Burgos CF, a Mieres, Logroño y el día del festín en El Sardinero. Nos dejamos algunos jugadores por el camino. Sergio y Alejandro, porteros suplentes, tuvieron sus oportunidades con las lesiones de Mario y el adiós de Sotres. Juanpe, el último central en llegar y el que más jugó, por alto era una barbarie y tenía criterio sacando la pelota. No cerramos esta historia sin el de Barbate, eterno arriba y abajo, la sorpresa por la banda derecha, siempre llegaba a doblar. Nieto y Lafuente vinieron para oxigenar esas bandas y dar descanso a los demás. Para la punta de lanza, John Ayina, polivalente y gigante, empezó de una floja manera, pero terminó como una bomba de gimnasio. Además de Sotres, Agustín y Nieto abandonaron el club en el mercado invernal. Por último, queremos agradecer a David Concha y Fede San Emeterio su gran compromiso en los encuentros en los que se les necesitó. El primero tuvo más protagonismo. El segundo, junto a Sañudo, Muriel y alguno más, que jugaron en Coruxo, a modo de premio para ellos y de descanso para los profesionales, se acercaba el playoff.

Por esto y otras muchas cosas, gracias a todos. Nos hicisteis sufrir, llorar, reír y, sobre todo, disfrutar.